La tribuna penal como nido de vivencias

Marino Vinicio Castillo R.

Es difícil recordar los millares de episodios que se han dado en décadas de participación en la Tribuna Penal.  Me inicié en la abogacía a los veintitrés años y fue mi encuentro con la vida bien distinto al de adolescencia y primera juventud.

El Juicio Penal es siempre un drama, de mayor o menor intensidad; sirve enseñanzas irrelatables.  Quiero traer un caso que me sirviera de faro primario para llegar a Cortes y Tribunales, haciendo justicia por Autoridad de la Ley y en Nombre de la República.

En un campo de mi pueblo un hombre dio muerte a otro en un lance sorpresivo, inexplicable; se trataba de trabajadores admirables, amigos de toda la vida.

Al trascender los hechos al juicio penal, resultó imposible poder revelar los contenidos agraviantes de infidelidad de la esposa del actor de mayor edad, vencedor en el duelo, aunque herido. Familia importante y habría que callarse, a fin de que no resultara surtidor de vergüenza; la doña merecía especial respeto.

Como defensor, se me hacía muy difícil luchar en debates sin poder contar con ese elemento causal que había precipitado la tragedia. El propio homicida se negó a hablar al respecto y se expuso a castigo mayor. Me dijo en forma extraña: “Maté uno, pero no quiero matar la otra, que es la madre de mis hijos.”

Le expliqué lo de las penas muy severas y le dije:  “Se trata de un homicidio agravado por asechanza, es decir, asesinato, y la penalidad es de treinta años.  Si usted explica la causa de su hecho, las cosas serían de otro modo.”

“Si, yo entiendo”, respondió, “pero estaría matando, no a dos, sino a todos mis hijos, que serían ultrajados por mala conducta de su madre.”

Hablaba con un hombre especial, de carácter; hasta pensé en un suicida en potencia.

Llegó la hora de juzgarle; la sala pletórica; una curiosidad excitante y morbosa acerca de qué había ocurrido entre aquellos amigos.  Entonces, sobrevino un espectacular giro en el debate; la acusación privada desacreditó el silencio del acusado.  Lo molió de improperios, llamándole “bandido de siempre, simulador de virtudes, vulgar asesino”.  El Ministerio Público no anduvo lejos de la desconsideración.

Terminada esa fase, al abrirse la de alegatos, el juez sorprendió la sala y habló del cumplimiento de un deber de conciencia; bajó la cabeza, agarró el Cristo crucificado y expresó:  “Quiso hablarme en el despacho una señora  que resultó ser la esposa del acusado, pero debo cumplir con el procedimiento de lugar suspendiendo el juicio y mandando el expediente a Instrucción, para normalizar el curso tortuoso de este proceso tan peculiar.”

Calló el juez; todos nos quedamos perplejos ante la medida ordenada.  La Instrucción complementaria cumplió el encargo; en pocos días estaba el juicio redivivo.  La expectación del público se exacerbó hasta la histeria. Querían saber qué había pasado.  Entonces, ocurrió lo inesperado: El acusado se puso de pie y dijo:  “Magistrado, no quiero que nada de lo que ella haya dicho lo oiga toda esta gente.  Quiero cuidar a mis hijos.”

El juez, severo y experimentado, mandó a desalojar la sala con su energía característica. En el debate, dio lectura a lo de Instrucción; ninguna de las tribunas quiso iniciar interrogatorio alguno.

La señora, al asistir al juicio, no pudo soportar la imponencia del silencio de su marido y decidió contarlo todo.  Fue cierto lo de su infidelidad; ella misma se lo dijo, pero nunca se imaginó que ocurrirían tantas cosas terribles.  Parecía arrepentida y pedía perdón a Dios por haber sido causa de tanta desgracia.  Todo ésto, dicho en Instrucción, no debatido, porque enmudecieron las tribunas.

El juez lucía conmovido y dictó su sentencia, evidenciando el cambio de curso que impuso el silencio del acusado.  Lo premió con una pena muy atenuada por homicidio.

Días después vinieron reacciones:  La esposa infiel dejó una carta a sus hijos al momento de su suicidio, que parecía liberarla de culpa: ésto fue impactante y dio pie a otra vertiente, pues entre los hijos del occiso había algunos violentos y consideraron que yo era el responsable de una pena tan benigna de cinco años para el matador de su padre.  Planearon matarme.

Los disuadió la hermana mayor con estos dos argumentos: “No, él fue muy noble; habló muy bien de papá y no interrogó a la mujer.”  Eso lo supe tiempo después, por un testimonio sagrado, por haber sido dado en confesión.

Lo que quiero hoy destacar más son las enseñanzas de vida de aquella experiencia que tanto me sirviera para mi desempeño en esas amargas tareas.  Mi adorada madre decía:  “Hijo, el problema es que cuando tú ganas, otros pierden.  Éstos no te perdonarán nunca.  Los otros te olvidarán pronto y nada te agradecerán.”

Hoy, desde el otro lado de la colina, pienso, sin embargo, que ha valido la pena.  Esto, porque aquel hombre tan especial fue mi agradecido amigo, vivió muchos años y murió en su cama, siendo el hombre ejemplar de siempre.  Por supuesto, sigo respetando el silencio que quiso para todos los suyos.

Ese proceso fue tan singular porque no se produjeron recursos de apelación de las partes, ni siquiera el Ministerio Público, que había solicitado veinte años.  Resultó indudable que el banquillo venció al estrado a fuerza de dignidad, en medio de un dolor compartido.   Se aprende mucho en esa aula de la vida. Vivencia ejemplar ésta.





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Por laromana

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